Una semana (perfectamente) normal, o el fin de las vacaciones en cinco fragmentos desordenados.

Mi hijo de tres años y medio amanece contento. Se para en la mitad de la sala extendiendo los brazos hacia los lados, en T, se mira a sí mismo hacia abajo y hacia los lados y me dice: Ya soy un hombre. Mírame. Ya soy un hombre. Ya no soy mediano (que es lo que venía siendo según él hasta el día anterior: mediano, no un bebé, no un niño). Ya soy un hombre.

Justo en este instante, que no es realmente el momento en que escribí el párrafo previo sino ahora, cuando lo releo para publicar, recuerdo que al acostarlo a dormir la noche antes le dije para convencerlo (y porque es cierto) que los niños tienen que dormir para crecer.

Siento vértigo ante la disposición de mi hijo a creerme.

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Abro la página digital de Cooking Light y leo que el primer error más común en la cocina es no probar lo que se prepara en la medida en que se agregan los ingredientes. Dependiendo del día, del momento, del lugar donde se compran los insumos o donde uno vive, dependiendo de las condiciones en el instante en el que se están preparando los alimentos o de los gustos de quienes escriben las recetas (hay quienes prefieren un punto más de sal, un poco más de aceite o más dulzura), el resultado puede o no complacer al cocinero.

Decide quien prueba, quien se dispone a decidir. Las recetas son mentira, son obra de los señores de lentes en Matrix. Seguirlas al pie de la letra es una gran estupidez, me digo.

Más adelante leo que otro de los errores (el tercero) es no leer las recetas hasta el final antes de comenzar a cocinar. Así que son una estupidez pero hay que conocerlas bien, algo así. Como la máxima famosa conoce las reglas para poder romperlas después. Un lugar común, de acuerdo.

Hace dos días una profesora de yoga me dijo (lo dijo a la clase pero yo me lo traje como muy mío) que hay que conocer los propios límites para luego ser capaz de traspasarlos sin lesiones, sin errores, sin sufrimientos, en el momento adecuado.

Yoga, vida. Todo lo mismo. Donde hay verdad, hay verdad.

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Abro The Guardian y hablan sobre el paradigma recién instaurado que supone que la mujer real, la saludable e incluso fértil, es voluptuosa. La reivindicación de las curvas (post Kate Moss en su versión mínima de los 90), se ha vuelto ahora contra las delgadas, contra las flacas o huesudas. Ahora éstas resultan ser menos verdaderas, unas mujeres menos honestas. Si eres flaca eres tonta e insana. ¿No tienes celulitis y abdomen generoso, caderas y muslos fuertes? Eres sospechosa.

Se discute en el artículo sobre quién decide qué es lo real. Siento alivio. No porque lea alguna novedad, esto que comento ya se sabe, ya se sabía. ¿Quién carajo dice cómo tenemos que ser las mujeres? ¿Quién es el dueño de la receta única, la verdadera y respetable?

Siento alivio. No por voluptuosa, no por huesuda.

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Salgo a la calle y llueve. El clima es asqueroso. Me pregunto por qué siento asco. Se mojan mis manos mientras empujo el coche con mis dos hijos dentro, embutidos en sus abrigos y sus cobijas térmicas, bajo un techo plástico que es un desastre y que lo moja todo, lo mojará todo (a nosotros, al piso, a las cobijitas, todo) cuando al llegar al colegio yo intente sacarlos de allí abajo. Se moja mi rostro y pienso menos mal que hoy no uso mascara para las pestañas. No llevo paraguas así que ando todo el tiempo intentando cubrir mi cabeza con la capucha del abrigo invernal, que no sé porqué no permanece en su sitio. Hay mucho viento. A ratos llevo una mano en la cabeza y la otra en la barra del coche. Estoy incómoda. No creo que vayamos al parque esta tarde.

Pero no tengo frío.

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Este post es sobre la vida, la vida es desordenada, trae de todo, como dice Maelo. Lo escribo porque se está reiniciando un sector de mi cerebro, el que dejé a conciencia en reposo durante mi viaje a Venezuela pues sabía que no habría tiempo para él (para esa porción de mí). Las vacaciones escolares en cualquier país son un trajín, eso lo sabe todo el mundo aunque no deje de asombrar el borrón que infringen los hijos sobre los padres cuando nos ocupamos de criarlos. Es así. No suena bonito pero es parte de lo que es y de lo que hay. Cuidar un bebé, convertir un bebé en un mediano y en un hombre cuando lo sea, es una carreta, como dicen los colombianos con ese dicho que yo había olvidado y que justo recordé al teclear las tres palabras: es una carreta. Acompañar a un ser humano que crece para convertirse en manifestación del bien con todo y su mal no puede ser una tontería o un trabajo que se adelante a tropezones o en los márgenes de la vida. ¿O sí?

Pero mientras escribo este post sé que se está encendiendo un espacio que andaba en modo sleep, lado derecho, lado izquierdo, qué se yo, nunca sé, será el izquierdo; aún no arranca del todo pero ya comienza a hacer ruido. Es mi tiempo. Esta semana normal, este espacio de nada y de todo es de nuevo mi tiempo, dice esa porción del cerebro que tiene tanto de mí misma (¿Que soy yo misma?). En este instante de niños que crecen de noche, que escuchan más de lo que yo creo que escuchan, en este tiempo de recelo a las recetas, de confianza controlada por las fórmulas; en este instante de diferencia, de reconocimiento a la forma única. En este tiempo de unicidad y de búsqueda de balance, de disposición al camino; en este momento de aceptación a la lluvia con su (mi) asco, y de celebración de la sonrisa agradecida por lo que hay y lo que somos acá (en Nueva) y allá (en Caracas), comienza el año.

Saludos, pues, a los visitantes de este blog que es una casa.

De las cicatrices, el eterno Big-bang y el primer corte de cabello de Luca.

Hace quién sabe cuánto tiempo pasó
esto que ahora ocurre
la memoria es engañosa
por su exceso de fidelidad
en ciertos pasajes
reteniéndolo todo. Fragmentos
(¿como ahora?)
mientras se llega a San Francisco
en un autobús que cruzaría la barrera del tiempo.
Enrique Lihn

Este es un texto que escribí para la universidad. Tal vez es un poco más académico que lo que generalmente asomo por esta ventana, pero me gustó leer ciertos autores y hacer cierta tarea, y además el tema me es muy familiar. Es de esos temas-caracol, a los que uno vuelve, en cada giro desde otro lugar (o eso espero), en cada punto más cerca o más lejos del centro. En esa danza. Supongo que el día en que llegue a la médula del caracol, al pistilo del caracol, al corazón del caracol, habré muerto.

En este texto haré una revisión sobre las percepciones que del tiempo y la memoria, y su relación con el acontecimiento, el error y la destrucción, tienen los autores Circe Maia, Enrique Lihn y José Levrero. Es un viaje transversal, no pretende ser exhaustivo sino más bien lúdico, manifiesto del asombro cada vez que miro el tiempo pasar y marcarse sin que nadie tenga nada qué decidir. El tiempo se marca solo y este texto es una reflexión privada sobre ese fenómeno, una reflexión que ocurre herida por mi experiencia personal como lectora de otros autores (Barthes, Marías y Saer) y como madre de mis dos bebés. Veamos.

El paso del tiempo se experimenta de manera segmentada y múltiple. Su percepción es discontinua, es particular y es irrepetible, cada quien lo ve pasar a su manera y desde su lugar, marcado por el evento, la inflexión que echa a andar o detiene la línea histórica, y que puede ocurrir en mayúscula (cuando es compartido por un colectivo y ocurre en el espacio público), o en minúscula (cuando se vive de manera subjetiva, privada). En un caso o en el otro, el acontecimiento que marca la temporalidad, que irrumpe en el tiempo para detenerlo o re-crearlo, es inseparable de la experiencia física, psíquica y emocional, siempre íntima.

Circe Maia en su texto “Destrucciones” habla del paso y la ruptura del tiempo, y de la relación de este fenómeno con la construcción y destrucción del objeto y del sujeto (o del objeto como representación del sujeto). Los momentos de destrucción sean voluntarios o no, sin irremediables. Es muy fácil destruir, hay una desproporción horrorosa, dice Maia, entre efecto y causa. Un movimiento, un gesto errado, y todo vuela por los aires, se ha producido una herida.

Pienso en esto y viajo a la voz del personaje Adelina Flores en el texto “Sombras sobre vidrio esmerilado” (de Juan José Saer), que encuentra en las cicatrices la noción constante de lo que hemos sufrido. No se trata de recuerdos, dice, son signos. La rotura de una taza, el accidente, la destrucción de algo animado o inanimado en un momento de descuido, y así mismo la cicatriz y la muerte, son entonces la pausa cuyo final (es decir cuya reinserción en la línea histórica) se traduce en una realidad cambiada e imposible de restaurar tal como fue, o como venía siendo.

No se puede volver atrás, no se puede retomar la pureza inicial de las formas, ni del objeto ni del ser. Aún cuando la cicatriz dejara de verse, el rastro del accidente es imborrable. El signo no se va.

Y esto me lleva por un instante a Javier Marías que en su primer libro de la trilogía “Tu rostro mañana” advierte el carácter irremediable de lo que ha sido aún luego de que ha cesado de existir. Una mancha de sangre en unas escaleras es imborrable. Por más que se limpie ya ha estado, ha sido, y no puede dejar de haber existido.

Al leer estos textos pienso en la maternidad. Los hijos (la creación real y simbólica de la especie, la re-creación de uno mismo), acercan, así como a la vida natural, a una noción salvaje de la fragilidad del momento y del carácter definitivo de toda destrucción. Un hijo es evidencia irrefutable del paso del tiempo. El hijo aprende, crea el mundo, se crea a sí mismo en el mundo. Mientras crece, lo demás madura, la madre afina y profundiza su experiencia vital, y en algún momento comenzará a decaer.

Voy a la peluquería con Luca por primera vez. La mujer me pregunta, con las tijeras en la mano, si quiero guardar un mechón de su cabello. Respondo que no, pienso con desagrado en el manojo de cabellos inertes, me pregunto ¿dónde los guardaría?, ¿qué haría con ellos? Pero valdría la pena conservarlos, me contradigo: este tiempo no vuelve. Al final resuelvo que no regresa y no tiene que hacerlo. No hay nada qué guardar, concluyo. Mientras pienso y dudo, los cabellos han caído al piso y una escoba se los ha llevado a la basura. Ya es muy tarde para cambiar de opinión, ya pasó el momento y la oportunidad. Al mismo tiempo, no deja de pasar. Ese tiempo se vuelve inaccesible y a la vez no puede “dejar de haber sido”. La cicatriz, la muerte progresiva, es. Sólo yo siento, desde mi mirada, que ha ocurrido una pequeña muerte.

La imagen de un bebé acercando el dedo al tomacorrientes o caminando hacia un precipicio aproxima a la noción del accidente y la destrucción irremediables. Nos asoma al costo del error o del descuido. Entro a la biblioteca para trabajar en los últimos retoques de un capítulo. Suena el móvil. El sonido me detiene. Tengo todo conmigo, estoy en el canal de la escritura, lo dejé todo en orden en casa, ya es mi tiempo para trabajar en la narración de una historia. Pero hubo sonido, una primera ruptura; y ahora una imagen, la segunda ruptura: Mateo ha introducido la cuenta de un collar en un orificio de su nariz. La nariz está obstruida. Camino de vuelta al metro. Nada importa, no habrá ficción esa mañana, pero tampoco habrá realidad lineal. El tiempo se ha detenido, nada más está ocurriendo en el universo. Las agujas no avanzan hasta que salimos del hospital y veo a mi hijo desplazarse con su patineta a lo largo del hombrillo.

Maia advierte que el silencio (la ausencia de marca, de señal), así como la mirada hacia dentro, protege el presente y la memoria inmediata. El silencio es el templo del tiempo que no corre, o del tiempo que corre sin pausas ni señas. Una vez que el sonido irrumpe (una música que inicia repentinamente, un grito, una explosión: el sonido del móvil cuando estoy en la biblioteca), ocurre la conmoción, se interrumpe la cadena de razonamientos, o lo que es lo mismo: se quiebra la línea temporal. El sonido es agente destructor (la bomba atómica) y creador (el Big Bang). En cuanto a la imagen, al ver sin mirar (cuando no hay ad-miración), el tiempo corre. Cuando se genera la pausa, el tiempo cambia.

O en palabras de Enrique Lihn (“A partir de Manhattan”):  “Un mundo de voyeurs sabe que la mirada /es sólo un escenario/donde el espectador se mira en sus fantasmas/Un mundo de voyeurs no mira lo que ve/sabe que la mirada no es profunda/y se cuida muy bien de fijarla o clavarla…”; “…En eso de mirar hay un peligro inútil/fuera de que no hay nada que ver en la mirada.”

Leo el poema y pienso en “La cámara lúcida”, donde Roland Barthes habla de las imágenes como agentes punzantes. La mirada que no mira es incapaz de cambiar algo. Basta fijarla, atender a lo observado, detenerse y dejarse impresionar, para que el tiempo cambie. O en palabras del autor, para que se genere la punción. La visión detenida marca, hiere, genera una cicatriz incurable. Pero esa visión, esa experimentación, no puede ser más que íntima.

Por su parte, Maia afirma que el momento de despertar (paralelo a la herida infligida por el sonido y la imagen, pues algo que conmueve también despierta), es una creación violenta y global. Irrumpen las imágenes, los sonidos. Así como se re-crea infinitamente el presente con la rutina y el ritual, así mismo se destruye de manera progresiva. Ahora mismo, mientras escribo, el presente está hundiéndose en el pasado, mis hijos están envejeciendo, yo estoy desapareciendo.

El proceso subjetivo, si bien es narrable, es inasible. Que mi hijo Mateo haya aprendido a escribir su nombre es un evento mayor en nuestra historia mínima. Deja de existir el bebé para que nazca el niño. Cada vez que diseña los trazos de su nombre, cambia, se genera una herida, una cicatriz queda con cada marca. La existencia de Mateo se reactualiza (Big Bang) dejando atrás lo que fue, hundiendo su pasado. Las nociones del tiempo, las miradas, vistas así, no pueden ser más que únicas y privadas.

Pero si la experiencia personal o la mirada privada sobre el paso del tiempo es inevitable y universal a pesar de su carácter íntimo, ¿no hay salvación? La salvación de la herida y el final, sugiere Maia, sólo es posible en el mito, gracias a su circularidad y su repetición, a su renacer continuo. ¿Cómo puede evitarse la muerte?, pregunta alguien entonces en el mito. Quien ha preguntado tiene sobre sus hombros la supervivencia de la especie.

Dice Levrero que el tiempo es una masa cálida girando en torno de sí misma, conteniéndolo todo, sin soltar nada. Todo tiene el sabor de lo ya vivido muchas veces. Todo se repite pero nunca igual, nosotros nunca somos iguales a nosotros mismos. Es la rutina de Maia, que crea el presente sin cesar pero también supone una serie de pequeñas muertes. Así como el mito, la rutina también salva; cada gesto mínimo repetido pone a andar la rueda (la Historia), o las pequeñas esferas o espirales (las historias), que se desplazan para reactualizar el universo.

Finales y comienzos, construcciones y destrucciones, creaciones y re-creaciones que muestran un nuevo paisaje cada vez. Nunca nada se repite. Levrero dice sobre su enamorada: “Mi tiempo pasa a ser, cada vez más, tiempo de construcción de ella. Es inútil. Ella vuelve, y vuelve a destruir lo que construyo”. Y más adelante continúa: “… sabe que si yo terminara de armar el dibujo, de construirla tal como es, me aburriría de ella, dejaría de amarla”. La construcción y la destrucción infinitas son vida. El día en que ambos procesos dejan de ocurrir, sólo queda la muerte.

Cada quien mira ese círculo re-creador y esos espirales desde un lugar único, subjetivo. Se genera la memoria pública y privada, se crea y se re-crea la historia, desde la mirada del que mira con intención. Y volvemos a Lihn, que muestra el paso del tiempo ligado al lugar que no se vuelve a visitar. Las imágenes son puerto, son lo que se mantiene, las señas fijas. Entretanto y frente a ellas, el autor va pasando. Pasa frente al cuadro, llega y pronto abandona una ciudad, baja al Subway y permite que la velocidad lo desintegre para volverlo a presentar. El tiempo pasa y con él el poema, que va dejando en el recorrido los hitos de lo que ya no es. “Nunca se ve la misma cara dos veces/En el río del subway”. (E. Lihn)

Mateo espera que llegue el otoño. Comienzan a caerse las hojas de los árboles y ahora cada dos o tres días me ofrece en el parque una nueva hoja-marcalibros. La hoja del regalo eterno de tan repetido, va cambiando de color. Pasa el tiempo, pasará pronto el otoño y ya mi hijo no tiene la edad que tuvo cuando le cortaron el cabello por primera vez. Cuando vamos juntos a peluquería ya nadie pregunta si quiero guardar un mechón.

Dos manos juntas como un caracol

Es verdad lo que dice Cinzia. La vida es un entrar, permanecer y salir de los paréntesis.
La vida está hecha de paréntesis. Pienso que también es un paréntesis en el texto de alguien más, en el texto del ojo que nos ve. Y pienso que en la vida normal, entre textos de igual humanidad, digamos, pasa y ha pasado. Uno ha sido y puede ser el paréntesis de otro. De un otro cuyo texto tiene su propio sangrado y sus propias categorías, muchas veces insospechadas. Vaya, uno nunca sabe si uno es un paréntesis o un guión o un verso o un texto como una sábana. Uno nunca sabe y yo creo que tampoco tiene que saber. Al final, todos tenemos nuestras formas y sangrías, nuestras pausas y nuestros incisos.

Me quedé pensando en los paréntesis y es cierto, uno puede vivirlos desde dentro o desde afuera en su finitud, es bueno hacerlo, enseña a vivir la vida y especialmente a prepararse para el final. Pero también, por puro amor al juego, de vez en cuando puedes saltarlos. No digo saltarlos como queriendo sugerir ganarles, ni queriendo decir obviarlos. (Los paréntesis no hablan pero tampoco negocian ni permiten que nadie se los tome a broma. Ellos, en su silencio pasmoso y poderoso, como suelen ser todos los silencios, son y no discuten).
Pero puedes saltarlos, no les importa que alguien los salte. Puedes saltar de uno al otro, subirte a ellos, (al que abre, al que cierra) Pie izquierdo (en (el que (abre. Pie derecho en) el que) cierra). O al revés, si te parece que comenzar con el pie izquierdo pone en riesgo la operación.

Vistos desde arriba, cuando los miras pasar desde lo alto, con el vértigo de saber que tienes sólo un punto para suspenderte sobre el que abre o el que cierra antes de caer sobre una letra, parecen comas. Los paréntesis, vistos desde arriba como comas o desde abajo como lo que son, representan siempre breves pausas. Hay que pausar para no caerse de los paréntesis. Es decir que el ejercicio no es irreflexivo, la idea no es saltarlos para no mirarlos. Se trata de un juego, sí, que los contiene y que los celebra.

Desde lo alto muestran sus oleajes. Son comas que vuelven, que se regresan, que anuncian con su curvatura inversa una pausa en negativo. Los paréntesis son olas en un mar revuelto, y de pronto escamas de pez, o conchas marinas en el fondo, en lo profundo. Ayer escribí en un cuaderno, en la mitad de una clase sobre la novela corta en la que vaya usted a saber por qué leímos un cuento de Bolaño, una cita que ya está en algún lugar de fugapermanente y me fascina. Un verso que dice La poesía es un buzo muerto en el ojo de Dios. Lo dijo Bolaño, lo cité acá hace tiempo, lo reescribí ayer por casualidad o por puro gusto, y hoy lo retomo porque a las coincidencias y especialmente a las reincidencias hay que prestarles atención. Y ya que estamos hablando de vida, de paréntesis en el texto de alguien más, la cita no podría quedar mejor.

(La poesía es un buzo muerto en el ojo de Dios)

Así que en el fondo de este mar de comas, que no son comas sino paréntesis, junto a las conchas de mar que eran ola y dejaron de serlo: un buzo muerto. Zoom out: un Dios. O Dios. El Dios de los paréntesis. De pronto cambiemos el escenario, de materia, de elemento: agua, tierra, fuego y aire. Aire. Los paréntesis son polen flotando sin rumbo pero con destino seguro, son también hojas otoñales. Son hojas bailando tranquilas, simplemente estando en su danza lenta y su devenir.

Mateo encontró hace algunos días la primera hoja naranja y ganó. Ganó en el mundo. Fue el primero en encontrar el otoño, yo le había propuesto esa competencia: a ver quién lo encuentra primero, y pensé que tendría que hacerme la vista gorda ante los in(d)icios de esa estación.

En septiembre escribí frágiles paréntesis de membranas de papel.
Paréntesis, dije,
(manos en cuenco, sueño, secreto, dos manos juntas como un caracol. Plegaria, suspiro, aplauso. Dos manos en cuenco, ofrenda, tesoro, sacrificio. Dos manos, palma con palma. Astro, labio, astrolabio, promesa. Dios. Namaste como en saludo, en yo te veo, y en adiós)
Nos están gustando los paréntesis, debo agradecer a Enrique. Claro que los míos, estos de ola, de concha marina y de hoja otoñal, son distintos a los suyos, pero me recuerdan a él y por eso lo invito. Abro paréntesis. Acá. Cierro paréntesis.

Así que mi hijo de tres años ganó el concurso, llegó a casa con una hoja que encontró en el parque, y me la regaló: gané. Fui el primero en encontrar el otoño. Como diciéndome abrimos el paréntesis. El paréntesis que cierra cuando el invierno llegue.

p(o)rosa.

Poemas para llevar, los ordeno, les temo pero los ordeno, los llevo de la mano como mi amiga a su destino. Que no se me escapen, son los dueños del momento y la pausa, del pasadizo. En un mundo de silencios y máscaras hay que escribir más poemas. A veces en silencio, sí. Toca escribirlos en silencio. Esta noche frente a mí ventanas con cortinas abiertas: los vecinos han decidido compartir. Audífonos prestados que lo cubren todo, todo el sonido, no sé cómo suena cada tecla presionada que al juntarse con otra se vuelve palabra, se vuelve idea en esta noche que se dejar fluir. Sólo escucho mis latidos en las orejas cuando la música para. No sé si eso es bueno. Estoy en mi viaje y no sé por momentos cómo seguirlo, dónde es que van estos poemas, para quién los ordeno. En el fondo pero sobre todo en la superficie, quisiera prosa, quisiera narración, un personaje que me cubra. Sí, en la superficie quisiera salirme. No saber de cartografías de ningún tamaño, no las quiero, con sus pretensiones de grandes señoras que lo explican nada. Ya lo dije en otro poema callado, las geografía y la cartografía son hermanas mentirosas. Quisiera salirme, abrir la piel, dejar que caigan dos o tres caracoles al suelo, volverme a ordenar y sigamos a lo próximo. Quisiera salirme del microscopio estetoscopio que sí, curiosamente hoy y por elección llevo puesto en los oídos y me muestra los latidos en cada pausa de la música que no conocía y ahora me presento como diciéndome a mí misma acá está este camino, no te pares. Hoy salí a la calle y vi alfombras, gruesas, finas, con formas extrañas y colores brillantes. Son importante las alfombras, son importantes, hay quienes las usan para volar, a mí me gusta que amortiguan, entibian, acomodan y protegen los pies. Me gustan mis alfombras narraciones. Son como un techo pero de colores y van en los pies. Hoy las vi, eran rojas, amarillas, moradas incandescentes. De tanto poema al que el miedo se le acaba me estoy sintiendo valiente yo también, se le termina el cuarto oscuro a los caracoles que soplé de mi oido. Como un brujo amazónico soplo y chupo. Resuelto, curada. Adiós caracol. Al río, niña. Hoy mis ojos vieron cosas muy hermosas, ahora mis vecinos comienzan a cerrar las persianas, todo el mundo duerme en mi casa, me está pasando con frecuencia, ya veré después que haré con el sueño, a fin de cuentas, ¿quién quiere sueño si puede tener latidos? Fassbinder dijo ya dormiré cuando esté muerto, eso lo aprendí cuando tenía siete años y me impresionó. Yo no quiero dormir de esa manera, me gustaría dormir estando viva, pero otro día, a otra hora. Una menos, se me acaban las ventanas y mi piel porosa y sus transmisores andan con el escándalo otra vez. No creo en la distancia y por eso escribo esto, que si me preguntan, es un poema y es una narración. Y ya, he sido descubierta, los poemas a veces son un bloque, las narraciones nacen como poemas, ahora deben estar juntándose las palabras para hacerse compañía pero eso no me consta, ¿no ves que tengo los audífonos?

violentas mariposas

bajo de itunes una aplicación de la revista new yorker dedicada a la programación de las actividades semanales de los niuyorkers. no sé si la llegaré a usar. copio en la moleskine la fecha de un recital, de un encuentro, la fecha de inicio de un colegio y una universidad. compro un juego de ollas por internet, una greca, no hay casa seria sin greca, compro tazas para espresso y tazas para marrón oscuro, cerrado y dulce. espero respuestas, algunas no me pertenecen pero me empeño como nunca. rabia a la muerte de la luz.

ya no sé cómo compartir mi cuerpo con las mariposas que me ocupan desde los pies hasta la frente. a veces creo que no camino, son ellas quienes me llevan. y como son violentas, vuelan con fuerza dentro de mi piel. me hacen temblar y sólo yo lo sé. tomo cuatro gotas de rescue, varias veces al día, y luego leo que uno de sus ingredientes evita que uno sueñe despierto, algo así. pienso que esto que me enamora es lo que me condena.

mosca con el rescue, me digo.

entonces pienso que mis mariposas volcánicas telúricas huracanadas son demasiado potentes para dejarse vencer por homeopatía alguna, así que continúo con mis gotas. daño no me harán; esto que sueño, con su insomnio particular, no se me va tan fácil. y las gotas, me digo, al menos son algo qué hacer, como darle con el lápiz a un cuaderno para convertirlo en un tambor. como fumarse un cigarrillo con ganas. como romper un vaso plástico hasta convertirlo en una faldita hawaiana. como hacer el amor con urgencia y por puros nervios, a ver si uno se cura. como escalar para que se vaya la gripe.

hago maletas, guardo juguetes, los libros preferidos, león de biblioteca, la gran montaña, willy y hugo y detrás de la cortina azul. me entero sobre un huracán. mi esposo limpia un apartamento lleno de polvo y compra agua y pilas y lintenas. leo los poemas que escuché ayer, mis preferidos, y me siento abrumada. mi hijo menor tiene otitis. las mariposas están todas en mi cabeza ahora. no, siguen también en el pecho. no. están en todas partes, deben haberse reproducido.

tengo miedo. tengo soledad acompañada. tengo volcán y tengo mariposa. tengo sueño y tengo insomnio. tengo despecho y es un despecho huérfano. tengo nueva york y tengo caracas. quiero temblor y quiero palabra. escribo silencio. escribo poema sobre el silencio. borro el poema. salvo una parte. lo guardo. es 26 de agosto, todos duermen menos las mariposas, ellas volvieron a parir. y yo me estoy mudando de país.